miércoles, 12 de septiembre de 2012

“Jesucristo me sanó del SIDA”

 Jaime Alaya, es el primero de seis hermanos y vivió en una familia donde al comienzo se respiraba un aire de unidad.
Con el paso de los años, y el continuo descuido por parte de su padre que era dependiente de la bebida y las fiestas, hizo que sus hermanos y él recibieran el golpe más duro.
Tenía 15 años, cuando su propio padre los echó de su casa para vivir allí mismo con tres mujeres, dejándolos en el absoluto abandono.
Fue en Cajamarca donde pudo terminar sus estudios  y sirvió por dos años al Ejército. Pero un joven lleno de resentimientos, jamás imagino convertirse en quien tanto odiaba, y siguió los mismo pasos de su padre.
Viajó a Lima para un mejor futuro, las puertas laborales se le abrieron y de inmediato, consiguiendo empleo bien remunerado. Pero, buscando como saciar su amargura no existía fin de semana en que malgastara su sueldo.
Al borde de la muerte
Cinco balazos, en una riña del vecindario lo llevaron directo al hospital. Pero inexplicablemente sobrevivió. Su madre le pidió  que se haga mayordomo de la Cruz de Motupe para poder cambiar y de esa manera acercarse a Dios.
Es en una de las fiestas patronales, donde conoce a su futura esposa con quien forma una familia. Sin embargo, las bebidas y las mujeres destruyeron su hogar.
Con su segundo embarazo y con los exámenes requeridos, Jaime se entera que su esposa era portadora del virus del VIH y que probablemente el hijo que esperaba también podría contagiarse.
“Matate, es la solución” es la voz que rondaba por su mente. Y en medio de su dolor comenzó a reclamarle a Dios, ¿Por qué a su hija? ¿Por qué no solamente a él o a su esposa? ¿Qué será de mi familia ahora?
Un primer milagro ocurrió, su hija no había sido contagiada al nacer. Pero su esposa no aguantó mucho tiempo y murió. Jaime ya con 44 kilos de peso,  y después de una crisis, despertó en el hospital, ya estaba cubierto, los doctores creyeron que no duraría unas horas y esperaban su muerte.
En esos momentos, y con el poco aire que tenía le dijo a Dios: “Señor,  si tú me sanas yo te voy a servir,  dame la oportunidad de conocer a mis hijas, de verlas crecer”. Dios el todopoderoso, el cual no tiene impedimentos lo sanó de inmediato, al instante. Los doctores no entendían cómo pudo ponerse de pie, luego de una crisis, y comenzar a comer normalmente si su cuerpo ya no resistía nada.
Actualmente, es un próspero empresario que vive testificando la oportunidad que Dios le otorgo: Él lo sanó y lo salvó. Y junto a sus hijas sirven al Señor.

 Fuente: Movimiento Misionero Mundial